Charles le Brun
"El hombre enojado" (1663-1688)
El ceño se coagula en una arista de sombra,
pliegue tectónico donde fermenta el rencor.
Los ojos —dos crisoles de azufre—
destilan fulgores biliosos,
mientras la pupila, en espasmo,
muerde la luz.
La frente se vuelve pergamino convulso,
cartografía de una tempestad interna:
nervios en insurrección,
sangre martillando su impaciencia
contra las esclusas del rostro.
La boca,
ese umbral traicionero,
se contrae en un rictus ferruginoso,
como si la palabra, antes de nacer,
fuera ya un arma mellada.
Todo el semblante es un tratado de furia:
la carne dogmática,
el músculo herético,
la expresión convertida en doctrina.
Aquí, la ira no grita:
dictamina.
No ruge:
demuestra.
Y el hombre —bestia lúcida—
queda suspendido en ese instante
donde el alma, desbordada,
firma su manifiesto en la piel.

No hay comentarios:
Publicar un comentario